espejismo en Atacama

de la chilena extraviada

Seis problemas del libro y la edición/3: LOS PRESCRIPTORES — El blog de Guillermo Schavelzon 16 de noviembre de 2016

Filed under: General — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 10:44 AM

¿Quién recomendará qué leer? En el ámbito de la prescripción de la lectura, lo que venía siendo habitual ha dejado de funcionar, y lo que tendría que reemplazarlo demora en llegar. Me refiero al debilitamiento o la desaparición de los prescriptores, personas, medios o entidades que, por su prestigio o autoridad, son capaces de influir […]

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Fiestas from Chile 18 de octubre de 2016

Filed under: General — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 5:01 PM

Multicultural Space

This sold out event, organized by the Chilean Association Network, headed by Caro Selvidge, took place at the club house of a North Dallas gated community. Attendants were seated on tables around the pool, where servers would come by and deliver food items for them to enjoy. And even though it was a very hot day, only a few people were brave enough to get in the water.

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About 50 of the estimated 1,700 Chileans that live in Dallas (according to the Chilean American Foundation), were at this event celebrating Chile’s Independence Day; among them was the Honorary Consul of Chile, Mr. Horacio Marull.

The mood was set by traditional Chilean music, but the typical dance, cueca (video here), was not on the schedule. The food, on the other hand, was a beautiful culinary experience. I didn’t get to taste it this time, but when I asked the…

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Un sueño viejo 3 de octubre de 2016

Filed under: chilena en Texas,De vida,General,Vida literaria — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 6:51 PM
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El pasado fin de semana fuimos a Caddo Lake State Park, uno de los tantos parques estatales que Texas posee. Un lugar donde hay un bayou y los gordos troncos de los cipreses emergen desde las dulces aguas. Nos quedamos a dormir entre los pinos, al rumor de miles de grillos y en un reencuentro inesperado con las estrellas, que nos miraron con sus ojos brillantes desde el cielo claro y límpido del este de Texas. Un poco más allá está la frontera con Luisiana, una frontera que me atrae, pero a la que me resisto. Jamás le he pedido al Vikingo que desvíe el rumbo y me lleve al otro lado de la línea imaginaria que separa los dos estados.

Me gusta la naturaleza porque me ayuda a recordar lo que en realidad me importa. Como si las raíces de los árboles hurguetearan entre las mías propias y sacaran a la luz viejos sueños cubiertos de telarañas o de carterles de neon que yo misma he permitido les cuelguen. Los ojos asombrados de la niña Andrea se nublan de vez en cuando y es por mi culpa. Así, avanzando en uno de los senderos, oyendo el rumor del viento entre las hojas y los insectos intentando entrarme a la cabeza usando mis orejas como su túnel personal, de pronto recordé uno de mis más relevantes sueños. Yo tenía 20 años y estaba sentada en el toldo de la Universidad Católica del Norte, estudiaba periodismo y aprovechaba una de las tantas horas libres que la U. nos regaló. Pensaba en los cuentos que había estado bosquejando y si algún día serían publicados. Entonces comprendí que yo deseaba ser escritora y me vi en el futuro con mis cuentos y mis novelas y tuve la certeza de que la escritura era una parte vital de mi existir.

Creo que guardé ese sueño en algún bolsillo de mi alma, porque no lo recordé con tanta claridad sino hasta que un zancudo me pinchó la pantorrilla y me trajo de vuelta a Caddo Lake. A la fecha he parido cuatro hijos de papel y algunos retoños sueltos fueron publicados en tres antologías. Pero lo más grande fue darme cuenta de que ESCRIBIR era mi sueño. Y vino a continuación la libertad, el dejar de preocuparme por los libros vendidos, por las reseñas recibidas, porque nunca me volveré un Best Seller y qué importa -no es parte de mi sueño-, qué diantres importa, cuando un zancudo, una rama, una piedra te rasguñan la razón y te obligan a voltear la mirada y observar con calma ese sueño viejo, empolvado, cubierto de polillas, que casi dejas morir al permitir que los demás determinen el valor de la escritura para ti. El valor de la escritura para mí es escribir, es cumplir mi sueño viejo con cada teclita que pego, con cada trazo que doy con mis lapiceros, con cada idea que se forma en mi cabeza cuando corto las cebollas o lavo los platos. El valor de la escritura es el espacio donde el mundo obedece a otras leyes, el orgullo de haber escrito una bonita oración, el temple que hace falta para escuchar las historias de los personajes y plasmarlas de la mejor manera posible. Ese mundo donde importa un bledo tener mil seguidores o mil likes o comentarios con 5 estrellas, porque la necesidad de escribir va más allá de que a la gente le guste lo que escribes.

Allí a veces me caigo, en esa red construida de opiniones ajenas que ayudan a que “tu producto” se venda. Pero yo no estoy vendiendo un producto, sino escribiendo un libro, dando a luz una vida de papel en un proceso íntimo, ensimismado y precioso.

Ese era mi sueño hace 20 años y hoy, 23 años después, puedo decir con alegría que mi sueño se ha hecho realidad. Y en el caminar, nunca me proclamé escritora. Ese título tan hermoso me lo dieron los lectores y estoy muy agradecida.

 

 

La Autora Andrea Amosson 14 de junio de 2016

Filed under: General — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 7:27 PM

Esta boca es mía

No hay poder que se compare con ese de las letras. Un día te encuentras en una sala sentado en una mesa junto con otras personas, sosteniendo un lápiz. Escribes, creas, sientes, y de pronto, escuchas un  ‘chicos, hay que parar ahora.’ Quieres soltar el lápiz, pero él  se aferra a tu mano, Entonces, tus ojos lo miran y le hacen saber que todo va a estar bien. El lápiz, que confía en ti, se suelta de tu mano, cae lentamente, se acuesta sobre la mesa, y vuelve a su estado inanimado.

Tu voz empieza a leer lo que has escrito. Sientes las miradas y las reacciones de quienes, al igual que tú, asisten al taller. Escuchas sus opiniones, sus  emociones, y tomas nota. Escuchas los relatos de tus compañeros con quienes ríes, creas, y reflexionas.

Miras a todos en silencio y piensas que esto es lo que estabas buscando: un lugar donde…

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Told From The Hips by Andrea Amosson 1 de mayo de 2016

Filed under: General — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 8:21 PM

I am indebted to Andrea Amosson for sending me a copy of her volume of short stories Told from the Hips after an initial approach to me from Kelsey at Book Publicity Services. Told from the Hips is…

Origen: Told From The Hips by Andrea Amosson

 

Lectura agripada = lectura fragmentada 19 de febrero de 2016

Filed under: General — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 9:50 AM

 

Sexta columna para La Nota latina

Para mí la importancia de la palabra es tal, mucho mayor que la del dinero o las posesiones. Y como me comprometí a escribir esta columna cada quince días, llego a las carreritas con esta entrega. Ocurren las gripes, eso ocurre y entonces el cuerpo que debe apreciar al cuerpo escrito, anda con la cabeza abombada, la nariz roja –tanto que el hijo menor le llama Rodolfo y se alegra, jura de que viene la Navidad otra vez–; y los ojos le arden con la luz y por Dios, qué luz hemos tenido en Texas estos últimos días. Pues bien, un cuerpo agripado lee de manera fragmentada, este ha sido uno de mis nuevos descubrimientos.

Me la he llevado picoteando entre “Siete días de la señora K” de Ana María del Río; “Malinche” de Laura Esquivel; y retomando “La loca de la casa” de Rosa Montero. No he podido terminar de leer o releer ninguna de estas obras. De pronto todas se enredan o se hacen tediosas y es culpa del cansancio y del valor que le doy a mi palabra y al compromiso que tomé con ustedes, queridos amigas y amigos que esperan por esta columna.

Como no me gusta no cumplir, les dejaré aquí las impresiones afiebradas de estos tres libros. Porque así como es interesante saber qué surge de escribir con hambre o con sueño, también es atractivo descubrir cómo leemos cuando estamos con una pata aquí y otra en los vastos dominios de la gripe.

En primera, me gusta el tema de la palabra, pero de seguro a usted esto ya le quedó claro. Fíjese que lo que más me atrajo en estos días apaleados, fue la idea de cómo construimos el mundo mediante el uso de la palabra. La abuela de Malinalli (Malinche) es fenomenal a la hora de transmitir la potencia y la posibilidad los vocablos. He disfrutado tanto de los rituales de encender el fuego, de las voces del viento y la lluvia y de la voz humana, que forma y deforma en el proceso. Y esto se ha conectado con Rosa Montero, cuando explica que mientras que su hermana es “hacedora”, ella es “sólo palabra”. Y más allá agrega “pero es la palabra lo que nos hace humanos” (se fijó que esta vez tomé apuntes, voy aprendiendo). Discutimos sobre este libro en nuestro último club del libro y el chiste fue que la hermana de Montero es inhumana entonces, porque hace pero no con la palabra. Al rato pensé que la autora no se ha de referir a eso, sino a la sensación primitiva que llevamos de ese primer momento en que cada uno de nosotros fuimos capaces de nombrar las cosas y las cosas surgieron. ¿Cuántas veces repetimos la palabra “mamá” y la madre vino?; o ¿juguete?, y nos acercaron aquello que se nos había caído. Ha de ser por eso, pienso, que seguimos siendo entes de palabras, necesariamente, porque vamos buscando recuperar esa maravilla de hacer mundos con nuestra voz.

En “Malinche” hay una bella escena donde Malinalli quiere acceder a su futuro y para ello visita a un tlachique –que cuando busqué el término, se refería a “raspar algo” pero que en el contexto usado, más bien denota un adivino– para que le leyera los granos de maíz. El tlachique le cuenta lo que el maíz dice de ella, pero ella quiere saber más. Entonces el hombre cesa la discusión con “Ya te dije lo que el maíz habló. No veo más”. De nuevo lo que está por ocurrir viene dado por la voz.

En el libro de Ana María del Río existe, para mí, un descubrimiento del cuerpo propio mediante la palabra. La protagonista, una señora muy acartonada por traumáticas experiencias de la niñez, inicia una autoexploración aprovechando que el marido y los hijos están de viaje. El cuerpo de esta mujer, que ella misma describe como hecho de corcho, inicia una hermosa transformación hacia el tejido vivo, orgánico y anhelante del que todas estamos hechas. Así, las partes de su cuerpo que antes estaban veladas por ropajes y prejuicios, despiertan al suave tacto de sus yemas y son nombradas por vez primera.

Ya dije que no he terminado de digerir ninguna de estas lecturas y tendré que despedirme por ahora. Espero que usted ya esté empezando a leer estas obras que he comentado aquí, que finalmente esa también es la intención: compartir y motivar a la lectura.

Además, dejo planteada la intención de escribir sobre autoras independientes que hayan sido publicadas por editoriales que corren por sus propios carriles, lejos de las grandes casas comerciales. Si eres escritora, escríbeme para ver la opción de que lea y comente tus libros.

¡Bienvenido sea febrero, con sus dolores de garganta, sus nieves y sus días soleados!

 

18 de enero de 2016

Filed under: General — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 4:11 PM

Mi nueva columna impresionista sobre el libro Óxido de Carmen

publicada originalmente en http://www.lanota-latina.com

Reclamos del cuerpo sometido

 

Por Andrea Amosson

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El problema con poetas como Pablo Neruda es que suelen robarse la atención donde quiera que estén. El consejo adecuado sería “evite leer sus libros si está tratando de avanzar con otros”, pero me llegó tarde y Neruda me secuestró de cuerpo y alma, con sus memorias “Confieso que he vivido”, obra que pronto vamos a comentar en mi club del libro, mientras intentaba concentrarme en la prosa de la chilena Ana María del Río.

No recuerdo haber tenido esta sensación antes, pero a ratos sentí que los libros conversaban, en especial cuando la escritora daba indicios del campo chileno, del sur del país, la tierra fértil y vegetal; y Neruda, habiendo nacido en la zona, daba a conocer sus inicios de vida y de poesía, rodeado de esos titanes arbóreos en la ciudad de Temuco. Yo, mirándolo todo desde mi rincón nortino, desde la soledad y el silencio del desierto de Atacama, escribí esta columna, de la intrusión, del desarraigo, de las pérdidas.

El libro de Ana María del Río se llama “Ni a tontas ni a locas” y está compuesto por tres novelas: “Siete días de la señora K”, “Óxido de Carmen” y “Tiempo que ladra”. Cuando todavía vivía en Chile leí estas obras, además de “La esfera media del aire”, que a la fecha todavía es una de mis favoritas.

Me acuerdo claramente el día que conocí a Ana María del Río, en Santiago de Chile hace casi veinte años. La escritora hablaba poco, sonreía mucho y nos miraba con sus grandes ojos negros desde el sofá de la escritora chilena Marta Blanco, con quién yo tomaba en esa época talleres literarios. Estábamos comentando “La esfera media del aire” y recuerdo que tímidamente le reclamé que la protagonista tuviera que morir. Ella me respondió que no tenía otra opción y ha de ser que desde entonces me sentí incómoda con la idea de que toda mujer que quiere romper con el patrón necesita pagar las consecuencias. Lo mismo ocurre con “Óxido de Carmen”, que releí a fuerza y en contra de este Neruda que se me aparece en todas partes (voy en la mitad de sus voluminosas páginas). El zapato me estranguló en el hecho de que -si no quiere enterarse, deje de leer esta columna ahora- otra vez asistimos a la muerte de nuestra protagonista. Pero ¿por qué?

Por otro lado, más que una novela, Óxido me dejó la sensación de ser un cuento largo, un cuento escrito en capítulos, donde existen dos personajes centrales: Carmen y el narrador. Me amigo con la historia desde el inicio, cuando veo cómo Carmen despliega sus alas, cómo a su alrededor ocurren o dejan de ocurrir las cosas, como si la volubilidad de su cabello diera pie a los castigos, los cambios, las acciones de la abuela todopoderosa y la tía mal intencionada, incluso la mezquindad del primo menor o las sonrisas ausentes del tío loco. Carmen es una hija de la tierra, le noto un perfil indio, una sangre que le arde y que le corre a descontrol. Carmen es todo aquello que Neruda describe, los ríos salvajes que cortan caminos, las raíces monumentales de árboles que han caído bajo la poderosa mano de la lluvia, los acantilados y el fatal frío de la cordillera de los Andes. Carmen es la oposición, la ruptura de “las buenas costumbres”, la desilusión, el enojo. Carmen es el Neruda que no fue zapatero ni maderero ni ferroviario, sino poeta. Carmen es la bestialidad, lo indómito, lo inexpugnable, es el diálogo enojado del viento contra las rocas en los mares australes. Y tenía que morir.

Me opongo, me opongo porque lo que plantea liquida el propósito mismo del texto: el texto es una protesta que termina por perpetuar que no hay salida para las Cármenes de Chile ni del mundo. Carmen desaparece porque “ganan” las otras, la abuela patriarcal y la tía amargada, la institución, la reserva, las faldas largas y los calzones apretados. Le cortan ese cabello salvaje y la reducen a un fantasma fanático, asustadizo, débil. Así se nos apaga Carmen y entonces me enojo con el texto, truenan los volcanes del sur, se remece la montaña, pero Neruda logra escapar al exilio, hacia el otro lado de la cordillera. Él y otros se avientan a la relativa amplitud de Argentina, pero no Carmen, que se queda para siempre convertida en una lágrima de ese gran candelabro que la vio partir, pendiendo en el salón principal de la casa.

Cuando uno lee, peca de querer reescribir ciertas historias. Si tuviera la certeza de que existen dimensiones paralelas, desearía saber que por ahí corre ésta y otras Carmen, que se han salvado, que huyeron, que están montadas en un árbol, bailan y cantan con voz mineral. Que Carmen no es tonta ni es loca y vive libre y feliz el vendaval de su vida.

 

Para saber más:

http://digitalcommons.providence.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1728&context=inti

http://repositorio.uchile.cl/tesis/uchile/2010/fi-lizana_c/pdfAmont/fi-lizana_c.pdf