espejismo en Atacama

de la chilena extraviada

Un sueño viejo 3 de octubre de 2016

Filed under: chilena en Texas,De vida,General,Vida literaria — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 6:51 PM
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El pasado fin de semana fuimos a Caddo Lake State Park, uno de los tantos parques estatales que Texas posee. Un lugar donde hay un bayou y los gordos troncos de los cipreses emergen desde las dulces aguas. Nos quedamos a dormir entre los pinos, al rumor de miles de grillos y en un reencuentro inesperado con las estrellas, que nos miraron con sus ojos brillantes desde el cielo claro y límpido del este de Texas. Un poco más allá está la frontera con Luisiana, una frontera que me atrae, pero a la que me resisto. Jamás le he pedido al Vikingo que desvíe el rumbo y me lleve al otro lado de la línea imaginaria que separa los dos estados.

Me gusta la naturaleza porque me ayuda a recordar lo que en realidad me importa. Como si las raíces de los árboles hurguetearan entre las mías propias y sacaran a la luz viejos sueños cubiertos de telarañas o de carterles de neon que yo misma he permitido les cuelguen. Los ojos asombrados de la niña Andrea se nublan de vez en cuando y es por mi culpa. Así, avanzando en uno de los senderos, oyendo el rumor del viento entre las hojas y los insectos intentando entrarme a la cabeza usando mis orejas como su túnel personal, de pronto recordé uno de mis más relevantes sueños. Yo tenía 20 años y estaba sentada en el toldo de la Universidad Católica del Norte, estudiaba periodismo y aprovechaba una de las tantas horas libres que la U. nos regaló. Pensaba en los cuentos que había estado bosquejando y si algún día serían publicados. Entonces comprendí que yo deseaba ser escritora y me vi en el futuro con mis cuentos y mis novelas y tuve la certeza de que la escritura era una parte vital de mi existir.

Creo que guardé ese sueño en algún bolsillo de mi alma, porque no lo recordé con tanta claridad sino hasta que un zancudo me pinchó la pantorrilla y me trajo de vuelta a Caddo Lake. A la fecha he parido cuatro hijos de papel y algunos retoños sueltos fueron publicados en tres antologías. Pero lo más grande fue darme cuenta de que ESCRIBIR era mi sueño. Y vino a continuación la libertad, el dejar de preocuparme por los libros vendidos, por las reseñas recibidas, porque nunca me volveré un Best Seller y qué importa -no es parte de mi sueño-, qué diantres importa, cuando un zancudo, una rama, una piedra te rasguñan la razón y te obligan a voltear la mirada y observar con calma ese sueño viejo, empolvado, cubierto de polillas, que casi dejas morir al permitir que los demás determinen el valor de la escritura para ti. El valor de la escritura para mí es escribir, es cumplir mi sueño viejo con cada teclita que pego, con cada trazo que doy con mis lapiceros, con cada idea que se forma en mi cabeza cuando corto las cebollas o lavo los platos. El valor de la escritura es el espacio donde el mundo obedece a otras leyes, el orgullo de haber escrito una bonita oración, el temple que hace falta para escuchar las historias de los personajes y plasmarlas de la mejor manera posible. Ese mundo donde importa un bledo tener mil seguidores o mil likes o comentarios con 5 estrellas, porque la necesidad de escribir va más allá de que a la gente le guste lo que escribes.

Allí a veces me caigo, en esa red construida de opiniones ajenas que ayudan a que “tu producto” se venda. Pero yo no estoy vendiendo un producto, sino escribiendo un libro, dando a luz una vida de papel en un proceso íntimo, ensimismado y precioso.

Ese era mi sueño hace 20 años y hoy, 23 años después, puedo decir con alegría que mi sueño se ha hecho realidad. Y en el caminar, nunca me proclamé escritora. Ese título tan hermoso me lo dieron los lectores y estoy muy agradecida.

 

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La raya para la suma 29 de diciembre de 2015

Filed under: chilena en Texas,General,Vida literaria — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 3:46 PM
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NOTA: AGREGUÉ UNA CORRECCIÓN AL PUNTO 16 EL 10 DE OCTUBRE DE 2016.

concursos

Amigos,

Se nos acaba el año y a todos les entra una fiebre por hacer recuentos. Confieso que al comienzo quise evitar estas conclusiones, pero finalmente se me agolparon tanto en la cabeza que aquí va mi raya para la suma:

  • Sigo siendo una escritora desconocida.
  • El año 2015 me publicaron un libro en inglés, mi primera traducción. No hubo nada de bombo ni de platillo, me hubiera gustado tener una fiestita para celebrar.
  • Fue inmensamente positivo que University of Dallas me hubiera invitado a leer de Cuentos encaderados y sirvió la traducción, porque los estudiantes -brillantes todos- siguieron la lectura en inglés. Además, un par de ellos leyó a dos voces el relato The blood and the escape, (traducción de La sangre y la huida).
  • Terminé de editar mi segunda novela Las sirenas del Atacama. En enero  comenzó la larga tarea de encontrar editorial. Fui ilustramente rechazada por Tusquets Editores, con correo electrónico personalizado y demases.También me rechazó Urano ediciones y me mandó a autopublicarla con otra empresa. Me quedé para siempre esperando la respuesta de Fondo de Cultura Económica, jamás me dijeron si sí o no. Me rechazó también Arte Público Press, de Austin, Texas; y Bilingual Press Review, de Arizona. Sin embargo, debo decir que Gary Keller, el señor editor, es de lo más educado y me contactó con el doctor en literatura Santiago Daydí-Tolson, de San Antonio, Texas, para quién terminé colaborando con unos textos en su revista Labrapalabra.
  • La novela fue aceptada por una editorial independiente que se llama Sangría y está en Nueva York. Al comienzo pareció que querían traducirla al inglés también, pero luego de una llamada telefónica con la editora, el asunto quedó en nada. Me encargaron, eso sí, que escribiera historias de mujeres inmigrantes en Texas. Como el encargo vino en verano, me tocó escribir de noche mientras los niños estaban durmiendo. Tuve muchos abortos, pero di a luz cuatro cuentos o escenas que me dejaron bastante contenta. Todavía no he recibido la respuesta de la editora, pero si les gustan, se publicarían en inglés y en español.
  • La novela también fue aceptada por la editorial independiente Ediciones Oblicuas, de Barcelona. Y yo estaba bastante contenta hasta que me dijeron que tenía que poner dinero de mi bolsillo para publicar. Ahí se acabó el amor, rechacé la oferta.
  • Finalmente, mi novela fue aceptada por una nueva editorial independiente que se llama Ediciones del Desierto y dónde está, pues en el desierto de Atacama. Me encanta el hecho de que esté ahí y si bien los correos no han sido muy frecuentes, me imagino que en algún momento el editor irá a responder las preguntas que hice sobre el contrato de publicación. Cumple uno de mis requisitos: no cobran.
  • También me quedé esperando eternamente por la respuesta de Cuarto propio, una editorial con gran reputación por su calidad literaria. Y de Ediciones B.
  • En el camino, mandé la novela a cuatro concursos. Perdí tres y en el último quedé entre siete finalistas.
  • Cuando tenía como veniticuatro años mandé el último cuento a concurso de la revista Paula. Iba por esa época al taller de Marta Blanco y una de mis compañeras ganó una mención honrosa y le publicaron su cuento. Luego ella nos dijo que era hermana de una de las editoras principales de la revista. Ese día decidí no volver a concursar, porque me desanimé mucho. Así pasaron los años y entonces apareció Rictus y Cuentos encaderados; y me atreví a concursar de nuevo. Primero con la novela nueva. Después con relatos. Aquí va el cuento de esos cuentos:
  • Concursé en 13 certámenes de Argentina, España, México, Colombia, Estados Unidos, Chile y Perú. Perdí la mayoría, pero obtuve algunos resultados positivos en cuatro de ellos. Un primer lugar por votación popular y mención honrosa por parte del jurado en Miami, Florida, Estados Unidos. Un segundo lugar en un concurso de Barcelona. Un tercer lugar en un concurso de Madrid (con el libro completo Cuentos encaderados). Y un finalista en un concurso de Colombia.
  • Con motivo del primer lugar por votación popular, me invitaron a colaborar con La Nota Latina y tengo una sección de columnas impresionistas sobre libros escritos por mujeres, que puedes encontrar aquí.
  • También me invitaron a enviar dos cuentos para participar en una futura antología que se publicará en Estados Unidos en 2016.
  • En términos de trabajo, mis clases de escritura creativa crecieron de cuatro alumnos a doce. El retiro de escritura subió también de  cuatro participantes a doce (de los cuales al final asistieron ocho, por rollos de ellos de último minuto).
  • Mi revista La vuelta al Libro salió por última vez en diciembre. Nos despedimos tristes, pero es que sin plata y sin tiempo es poco lo que se puede hacer…
  • Una de las genialidades del año 2015 fue que recibí una invitación para participar como Autora Invitada a FILZIC 2016, la feria internacional del libro que se realiza en mi ciudad natal. Y otra genialidad es que gracias a los contactos de uno de mis alumnos, un empresario mexicano, Juan Miguel López de MITO Financial, ofreció patrocinarme para viajar. ¡Bailes de celebración!
  • CORRECCIÓN A ESTE PUNTO ANTERIOR:  Sí, me invitaron a FILZIC 2016 y pude asistir. PERO NO con la ayuda de este señor Juan Miguel López, porque resultó que luego de que él me ofreciera comprarme el boleto (octubre de 2015), se desapareció del mapa. Lo llamé muchas veces, le dejé mensajes, le escribí correos hasta que asumí que él había cambiado de opinión, más o menos por enero de 2016 y dejé de insistir. Por febrero de 2016, la prensa y el consulado de México en Dallas publicaron reclamos en contra de su persona y se armó una gran batalla entre quiénes lo acusan de haberles estafado y quiénes lo defienden a brazo partido. A la fecha, nunca volví a saber de él y no sé en qué quedó tan lamentable asunto. Pude asistir a FILZIC por la ayuda de mis amigos y benefactores que me enviaron cheques de apoyo a casa o colaboraron en campañas de recolección de fondos por internet. A ellos les estaré siempre agradecida:
    • CLARA BORJA HINOJOSA.
    • REBECA ILLESCAS.
    • DANIEL BELTRAN Y SU GRUPO ALIANZA HISPANA.
    • NOEMI MECHALI.
    • JACOBO LUNA.
    • LETTIE RAMÍREZ.
    • MS. SANDY MCDERMOTT.
    • MIKE GAROWSNKI.
    • KRISTHA ARCHILA-GIRI.
    • LUCÍA GONZÁLEZ.
    • ESTHELA GONZÁLEZ.
    • 3 DONANTES ANÓNIMOS.
    • KYHL AMOSSON, EL VIKINGO.
  • Y ya para que vayamos haciendo la suma, en agosto se me ocurrió crear un grupo de escritores y poetas, nos llamamos La farmacia de la Ñ, nos juntamos una vez por mes y desde octubre que estamos haciendo lecturas públicas en el área de Dallas. Con ello por fin logré que me entrevistaran para El Heraldo News, El Hispano y Al Día (del Dallas Morning News), medios a los que he estado llamando por dos años para ver si les interesa algo de lo que yo hago. Pues ahí está…
  • Para cerrar, quiero hablar de Ley y sus libros. Un día cualquier me llegó un mensaje que venía de ella, diciendo que era Vloguera y yo, ¿qué es eso? Vaya, al parecer soy muy antigua. Ella graba videos y los pone en Youtube, sobre libros que lee. Quería leer Cuentos encaderados, así es que le pedí a mi editora que le mandara una copia y hace un par de semanas ella subió el video con su comentario. Veálo aquí.
  • Y la última colita de información: tal vez el año 2016 será el año en que tenga agente literario. Existe una mujer inteligente y tenaz, llamada Paula Lisboa, con quién hemos estado conversando sobre el tema… ya veremos…

Que tengan un año bravo, lleno de energía y de proyectos. ¡Pucha que cuestan las cosas! Pero a seguir, no hay de otra.

Abrazos por montones,

Andrea

 

La isla de la niña que está completa 17 de septiembre de 2015

Nubes Ticas

Hay días en que me siento una isla donde no hay palmeras, ni siquiera hay agua. Nada más un pedazo de tierra reseco que insiste en autoproclamarse isla, llamarse de alguna manera para no desaparecer en el olvido, para seguir siendo un puntito brillante en la conexión de alguien. Siempre he luchado por ser otra, por peinarme al medio y recortarme las chasquillas, ignorando que llevo una leona escondida adentro, con una melena salvaje en vez de espíritu; siempre intentando romper las anclas de los zapatos de tacón y la carterita a juego. ¿Por qué no me he permitido desplegar alas? No quiero entrar en el laberinto del machismo, pero me imagino que algo tendrá que ver el hecho de ser chilena y haber nacido poquito antes de la dictadura. De crecer en un pueblo pequeño donde todo lo que hacíamos, bueno o malo, se inflaba a grandes proporciones como un buen pastel. Donde la vez que me atreví a romper algo que parecía una regla implícita: besar a mi primer –o segundo, no recuerdo- novio en la piscina pública, a vista y paciencia de todos, terminó en una odisea de rumores y comentarios y de pronto la niña buena que yo había sido se convertía en la puta suelta de calzones baratos, ¡a apedrearla! ¿Y por qué dejé que aquello me afectara? Nunca más quise volver a ver al noviecito de nariz respingada. Es más, a partir de entonces, aun amando las narices perfiladas, me lancé a los brazos de cuanto narigón se apareció en mi camino. ¿Quién he sido? Me pregunto hoy y no me gusta mucho la respuesta. Tengo la intuición de que he sido la mejor versión de lo que mis padres querían que fuera. Y han querido que yo fuese la mejor y lo han hecho todo con amor –incluso desaparecer en mis momentos más difíciles, padre, eso va para ti-. También he sido lo que se supone que ha de ser una buena dueña de casa, una esposa ejemplar, la que trata de depilarse de vez en cuando, siendo que en realidad no quiere más que andar peluda y descalza por la vida. Así aprendí a guisar para el amor de mi vida –sí, tuve la suerte de encontrar ese ser maravilloso, extraordinario, que estaba reservado sólo para mí desde tiempos inmemoriales, una tarde de primavera en mi lejano país-. Él ama lo que cocino, incluso si lo cocino de mala gana. Así también me las ingenié para ser la mejor mamá de estos niñitos que Dios me regaló, sea como fuera que llegaran a mi vida, aquí estoy y aquí lucho por ellos. Negándome muchas veces la locura y la niña propia. Es cierto que tampoco he crecido y soy de las más inmaduras, pero he estado llevando un teatro más o menos coherente donde la gente cree que soy profesional, competente y que hablo bonito. Pero me he realizado. Sí, realizada con la maternidad, con los guisos para el marido–amante, los besos para los niños adoloridos. La realización estaba escondida en una cajita marcada con la etiqueta “vida doméstica”. Sigo tratando de ser buena hija, de cuidar de mi madre y tenerle paciencia a su personalidad virgo que nunca se decide. Y en aceptar que mi padre es un satélite a quién veo algunas veces, en noches claras sin luna, atravesando el firmamento de vida, con una cola larga que lleva en su velo los recuerdos de una infancia bonita, una adolescencia un tanto trabada y lo poco que él ha podido ver de una adulta plena. Porque eso sí, soy adulta y estoy plena, en mi isla, en mi terruño seco, plagada de grietas, con una bonita y redonda panza que no sirve para nada más que para acumular más cerveza. Pero con el gran deseo de dejar de pensar que soy obsesiva cuando escucho voces o veo imágenes o una mujer de cabello rojo y un gran tatuaje en el brazo derecho se me quedan clavados en la retina por semanas, hasta que se transforman en un personaje. En dejar de sentirme mal porque la gente me juzga de buenas a primeras. En seguir escribiendo así como lo hago, cuando quiero y dándole con toda el alma al tema que para mí es importante. Porque quiero ser esta mujer, que es una isla sin palmeras y sin agua. Y mamá al mismo tiempo, agotadísima y feliz porque significo más allá de mi propio ombligo. Habrá muchas escritoras, pero sólo una mamá que se llama Andrea, que es una isla seca y robusta, para mis niños. Lo mismo valga para el vikingo, mi gran amor, que con sabiduría sospechosamente ancestral me ha aceptado antes de que yo me aceptara a mí misma. Y seguiremos cociendo guisos y seguiremos hilando historias y vendando rodillas y besando las mejillas. Así seguiré, porque puedo ser esta y puedo ser todas, siempre y cuando yo me lo permita.

 

Elena 30 de marzo de 2015

Filed under: fixiones,Vida literaria — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 11:58 AM
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La primera vez que oí hablar de Elena Poniatowska, yo era una niña sin duda más flaca e ignorante que ahora. Era una tarde fresca, de esas que se dejan caer por septiembre en Santiago, la capital de Chile, una tarde en que el pasto verdeaba y nos hacía cosquillas en los pies. Estábamos sentadas en el patio de la Faculta de Filosofía y Humanidades, un par de compañeras y yo. El sol nos acariciaba la piel y al fondo la cordillera lucía todavía más imponente con los restos de nieve que quedaban del invierno que ya se retiraba hacia el otro hemisferio.

De esas jóvenes mujeres que allí compartían, hoy solo puedo traer a la mente el nombre de Elena, la autora mexicana. De las otras dos, no supe nada más una vez que nuestra clase en común, sobre la maravillosa poesía de Pablo Neruda, terminó.

Recuerdo que estábamos esperando que abrieran las salas para poder ingresar, había sido uno de aquellos días en que la revolución estallaba a las cuatro de la tarde. Mis clases de post grado comenzaban a las seis y los profesores y administrativos necesitaban ventilar las salas antes de dejarnos pasar. El olor a bomba lacrimógena ya no se sentía tanto. Al menos esta vez no me había detenido la policía, de camino a la universidad, para verificar que la mochila que llevaba con tanto esfuerzo estaba cargada de libros, en vez de piedras. Cada cierto tiempo los alumnos de pre grado necesitaban manifestarse contra un gobierno que hacía poco se proclamaba democrático. Yo, todavía recién llegada a la ciudad, no conocía las fechas en que estas manifestaciones ocurrían. Algunas era programadas y otras espontáneas. La de aquella tarde de septiembre era de las programadas, aprendí muy pronto. De tal modo que mientras esperábamos para ingresar y para matar el tiempo, las muchachas citaban a sus escritoras favoritas. Yo, como siempre, hablé de García Márquez y Julio Cortázar. Pero no supe o no pude citar a una mujer escritora que hubiese tenido un gran impacto en mi vida literaria. Fue allí que una de ellas, a quien llamaremos la erudita, abrió la boca para soltar una letanía de autoras que según afirmó, los ojos encendidos en una mezcla de pasión por el tema y desdén por mi ignorancia (o machismo literario), cambiarían el curso de mis lecturas. La otra miraba, sonriente. Entre todos los nombres y libros que listó, hubo uno que cautivó mi atención: “Hasta no verte Jesús mío”, de Elena Poniatowska.

Al cabo de quince minutos notamos que los alumnos comenzaban a ingresar a sus clases, así es que dejamos nuestro puesto de descanso al sol y nos fuimos al edificio. La clase pasó rápida entre las estrofas herméticas de “Residencia en la Tierra”. A la salida, caminando sola por una calle que todavía mostraba las evidencias de la revolución previa –rocas y letreros derribados-, me fui pensando en esta escritora mexicana de quién nunca había oído hablar. Esto ocurrió en 1998.

Al día siguiente llegué más temprano a mis clases, para consultar en la biblioteca de la facultad. La encargada de nuestra biblioteca me dijo que era un libro precioso y una buena opción para mí. Me lo dijo con un tono irónico, parecía que mi ignorancia se había hecho legendaria. Ella también sabía que yo estaba atorada con las tragedias griegas, porque, siendo de profesión periodista, el comité de selección me había aceptado en el programa de maestría en literatura siempre y cuando tomara tutorías y el tutor en cuestión, un hombrecito bajo de ojos coquetos, me había enviado a leerme a todos los griegos que yo conocía y otro lote del cual nunca había escuchado palabra.

Así es que entre la Eneida, los libros teóricos para la clase y los de narrativa, hice un espacio para Elena Poniatowska. ¡Qué sorpresa! Lo que más me fascinó de su forma de escribir era la soltura de las oraciones, la frescura de las palabras, las imágenes que construía, los diálogos creíbles, el ritmo. Parecía que Elena hubiese escrito el libro con el oído. Aprendí de ella lo que Cortázar tantas veces afirmó: los escritores son músicos frustrados, todos quieren hacer música. Esta afirmación se consumaba en los párrafos de Elena Poniatowska. Había un sonido particular que nunca había percibido, una manera de enhebrar que me mantenía al borde de la silla, leyendo en todas partes, hasta en el bus que me llevaba de mi departamento a la universidad. De pie, equilibrándome en el pasillo de un bus atestado, de la misma manera en que Poniatowska equilibraba sustantivos, metáforas, comparaciones, verbos. Una escritura que se desprende de su soporte, el papel, para desplegarse por completo ante tus ojos, en la gran pantalla de la imaginación.

La autora ha escrito cuentos, novela, teatro y poesía. También se destaca por su obra periodística. La autora ha recibido el premio Rómulo Gallegos y el Cervantes, entre muchísimos otros galardones. Nació en París, Francia el 19 de mayo de 1932. Pero para mí y lo digo porque la vida se mira y se vive desde el ombligo propio, nació una tarde de post revolución, en septiembre, en el patio de la facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

 

Lo que ocurre cuando una edita 3 de febrero de 2015

Filed under: fixiones,General,Vida literaria — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 10:35 AM

En la página 38 de mi nueva novela, la escena donde Galleta le cuenta a Meche las cosas que sabe hacer: “sé bordar, sé leer francés aunque lo escribo mal…”, se me vino a la mente una época similar mía, a los dieciséis años, en que nuestro curso organizó el baile de despedida de los cuartos medios (el cuarto medio, en Chile, es el último año de educación antes de la universidad). Para ese baile, recuerdo, me fui a la peluquería para que me hicieran un peinado con mucha laca, de flequillos levantados y algo de maquillaje. No mucho, siempre he sido de cara deslavada. Además, le pedí a mis tías que eran modistas (una de ellas murió, mi tía Estrella), que me hicieran un vestido raso rosado, con un bolero del mismo color y tela. La gran novedad de mi diseño es que la falda era, de hecho, falda pantalón.

En este recuerdo de hoy, estoy sentada junto a mis amigas Drina y Laura y al frente, hay un gringo que al parecer fue invitado por Ximena, una de las “populares”. En esta fiesta aparentemente no estoy sufriendo “bullying” por parte de ella o sus amigas. De hecho, ya parece que me han dejado en paz, desde aquel reventón en el que todas lloraron y se disculparon conmigo, cuando teníamos doce años. Pero en realidad, pese a las disculpas, sigo siendo la mascota de la que de vez en cuando hay que burlarse. Así estoy, entonces, sentada frente a este muchachito gringo que debe tener nuestra edad y que es estudiante de intercambio, con mis pelos alzados y mis labios brillantes. Y el muchachito no me quita la vista de encima. No hablamos, pero me sonríe, me sonríe, me sonríe, no para de sonreír. Tanto es así que mis amigas, Drina y Laura, me lo hacen notar. (Y en este rato no recuerdo bien si Laura estaba allí, pero de seguro Drina, porque es como una pulguita que me sopla al oído “mira, te está mirando, mira, te está mirando”). Me imagino que voy a bailar con el gringuito, porque, francamente, no sé con quién más voy a bailar, ya que soy de las “nerds”. Peor que las “nerds”, porque no descollo en buenas calificaciones. Soy del grupo que ha sufrido bullying, un grupo muy exclusivo, hay que decir: que estoy yo y otra chica más, que se llama Virna.

Pues entonces me animo a sonreírle de vuelta al gringuito y ya me estoy imaginando cómo hemos de bailar la noche entera, en cuanto termine la cena. Pero entonces Ximena (¿será que ella lo invitó?, ¿no que no podíamos llevar invitados?), se da cuenta de este intercambio sonso de risas y algo le dice al oído. El gringuito, entonces, se vuelve el gringo falto de carácter que le hace caso a las recomendaciones de una muchacha antipática que busca reforzar su débil identidad humillando a los demás. Se acabó el “flirteo”. No hay baile. Bailo con mis amigas, con Drina, con… ¿Laura, estabas ahí? Y, confieso, soy feliz. Decido no casarme nunca y jamás poner los ojos en un gringo.

Todo esto se me viene a la cabeza, releyendo lo que ha salido de mí en relación a mi nueva protagonista: Wyetta Eastman, la hija de inmigrantes ingleses cuyo nombre es tan impronunciable que la han apodado “Galleta”.

Pero Galleta es fuerte, a ella le importan un bledo las Ximenas de su vida. Entiende lo que debe hacer y se lanza de cabeza a ello. Por eso la admiro y quiero aprender de ella. Entonces pienso que esto de escribir es sanador, es otra manera de procesar las experiencias tristes, una nuevo intento de darle consuelo a esa Andrea de dieciséis años, que tenía acné y pesaba cuarenta kilos; y que no destacaba en nada.

¿Qué habrá sido de esa y de las otras Ximenas? A veces quiero y otras veces, no quiero saber. Más vale dejarlas encerradas en ese compartimento de la memoria, donde se archiva lo que duele y las momias. Para seguir adelante, livianita, lo más libre que se puede seguir.

 

Dándole una voz … ¡a mí! 6 de noviembre de 2014

Filed under: chilena en Texas,fixiones,General,Vida literaria — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 11:38 AM

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La semana pasada me ocurrió algo fascinante. De pronto me encontraba en un gran auditórium, donde había una sub decana simpatiquísima, lista para entrevistarme y una audiencia lista para escucharme. Parecía un sueño, un sueño que una vez un antiguo amigo me dijo que todos los autores tenían: ser invitados a una universidad para compartir sus escritos.

“Si esto me parece un sueño”, pensé, “es porque mi amigo tenía razón”. Un sueño que de pronto se hacía realidad para esta mujer, nacida en el desierto de Atacama y llevada por los vientos del sur a otros escenarios.

Después de una amena conversación con la sub decana, fue el momento de escuchar preguntas del público. Me conmovieron aquellas que tenían que ver con la búsqueda de una identidad propia, del reconocer el riesgo de “perderse” entre tanto ruido y tanto estímulo. Y hubo una pregunta que me dejó pensando y pasaron los días, hasta que creo que di con la respuesta. Si pudiera conversar con el agudo alumno que la hizo, le diría que gracias por haberme dado la oportunidad de reflexionar sobre este punto: “dándole una voz a los que no la tienen”. 

Pues la verdad, muchacho de camisa celeste, es que cuando escribí la novela Rictus no tenía voz. La había perdido entre mudanza de países y entre cambios de estado de la soltería al matrimonio. La había perdido al dejar de ocuparme como periodista e intentar cocinar el arroz de manera infructuosa. A través de la escritura creo que la recuperé, la voz perdida, escondida detrás de los discursos de que una mujer profesional debe trabajar siempre y jamás, jamás, colgar los títulos por atender a su familia. Y la voz que encontré, entre tanta búsqueda y tanto reproche, era la mía.

“¿Ya tenía una voz establecida cuando intentaba darle voz a quienes no la tenían?” más o menos rezaba la pregunta, sobre Cuentos encaderados. Y la respuesta apropiada sería: no, no tenía una voz establecida, porque entre quienes yo estaba intentando dar voz, también me encontraba yo, en ese nuevo rol de ser madre y ser esposa y ser dueña de casa y de depender en absoluto de un otro, que por suerte resultó ser bueno y no abusó de ese poder que adquiría. 

Esa es la respuesta que le daría, si pudiera volver atrás el tiempo y él preguntara otra vez. Confío en que mi respuesta actual de alguna manera le llegará, porque esa es una de las cualidades, de la magia de la escritura: el transportar voces a lo largo del tiempo y del espacio, el hacernos oír lo que sentía tal o cual persona, en tal o cual día de su vida.

Agradezco una vez más a la universidad Eastfield College, por la invitación a Hispanic Heritage Month, por la experiencia, por el sueño que se vuelve realidad, por el tiempo compartido y el espacio para compartir. Por permitirme vocear la intención de mis escritos.

 

Rictus con RIL otra vez :) 17 de junio de 2014

Filed under: Vida literaria — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 9:19 AM

Muy bien dicen que “perro que se va sin que lo echen, vuelve sin que lo llamen”. Hace casi un año me fui de RIL Editores, con mi novela Rictus. ¡Y ahora estoy de vuelta!

Estoy muy contenta porque hemos acordado un “contrato no exclusivo”, que significa que puedo seguir publicando Rictus en Estados Unidos, con Atacama Press; y ellos lo seguirán publicando bajo demanda en Chile y promoviendo en instituciones académicas, a través de su sello. Además, doblemente contenta porque me ofrecieron el libro electrónico para todos los formatos que no son Kindle -el Kindle es mío-.

Así es como Rictus se las ingenió para llegar a los catálogos de Stanford University y University of Wisconsin-Madison. ¡No es malo!

Mientras tanto, sigo en la espera de saber qué pasará con mi manuscrito de Cuentos Encaderados, en su edición para Chile. La buena noticia es que ya recibí una oferta de publicación por parte de una editorial chilena. Pero sigo esperando la respuesta de otras dos más, que también lo están evaluando.

Y del manuscrito en inglés, me apronto a contratar un editor bilingüe para que lo deje listito para el envío al mercado local.

Entre medio de todo, guardo las esperanzas de que una editorial de NY, que publica autores hispanos, me reciba entre sus filas…

Después del chaparrón, empiezo a ver los rayos de sol 🙂

A no decaer, sé que este mundo editorial es difícil y puede ser desmoralizante.  Es cierto que por cada buena noticia que recibimos, nos golpean veinte malas. A no decaer. La perseverancia debe ser una de nuestras cualidades también, así como la buena escritura, el vocablo preciso, la imagen bien lograda.

Y yo, en lo personal, no debo olvidar de que nada de esto hubiera pasado, de no haberme atrevido a hacer la edición con Atacama Press… ¡capaz que yo también sea valiente, como las Encaderadas!

Muchos abrazos

Andrea