espejismo en Atacama

de la chilena extraviada

Un sueño viejo 3 de octubre de 2016

Filed under: chilena en Texas,De vida,General,Vida literaria — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 6:51 PM
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El pasado fin de semana fuimos a Caddo Lake State Park, uno de los tantos parques estatales que Texas posee. Un lugar donde hay un bayou y los gordos troncos de los cipreses emergen desde las dulces aguas. Nos quedamos a dormir entre los pinos, al rumor de miles de grillos y en un reencuentro inesperado con las estrellas, que nos miraron con sus ojos brillantes desde el cielo claro y límpido del este de Texas. Un poco más allá está la frontera con Luisiana, una frontera que me atrae, pero a la que me resisto. Jamás le he pedido al Vikingo que desvíe el rumbo y me lleve al otro lado de la línea imaginaria que separa los dos estados.

Me gusta la naturaleza porque me ayuda a recordar lo que en realidad me importa. Como si las raíces de los árboles hurguetearan entre las mías propias y sacaran a la luz viejos sueños cubiertos de telarañas o de carterles de neon que yo misma he permitido les cuelguen. Los ojos asombrados de la niña Andrea se nublan de vez en cuando y es por mi culpa. Así, avanzando en uno de los senderos, oyendo el rumor del viento entre las hojas y los insectos intentando entrarme a la cabeza usando mis orejas como su túnel personal, de pronto recordé uno de mis más relevantes sueños. Yo tenía 20 años y estaba sentada en el toldo de la Universidad Católica del Norte, estudiaba periodismo y aprovechaba una de las tantas horas libres que la U. nos regaló. Pensaba en los cuentos que había estado bosquejando y si algún día serían publicados. Entonces comprendí que yo deseaba ser escritora y me vi en el futuro con mis cuentos y mis novelas y tuve la certeza de que la escritura era una parte vital de mi existir.

Creo que guardé ese sueño en algún bolsillo de mi alma, porque no lo recordé con tanta claridad sino hasta que un zancudo me pinchó la pantorrilla y me trajo de vuelta a Caddo Lake. A la fecha he parido cuatro hijos de papel y algunos retoños sueltos fueron publicados en tres antologías. Pero lo más grande fue darme cuenta de que ESCRIBIR era mi sueño. Y vino a continuación la libertad, el dejar de preocuparme por los libros vendidos, por las reseñas recibidas, porque nunca me volveré un Best Seller y qué importa -no es parte de mi sueño-, qué diantres importa, cuando un zancudo, una rama, una piedra te rasguñan la razón y te obligan a voltear la mirada y observar con calma ese sueño viejo, empolvado, cubierto de polillas, que casi dejas morir al permitir que los demás determinen el valor de la escritura para ti. El valor de la escritura para mí es escribir, es cumplir mi sueño viejo con cada teclita que pego, con cada trazo que doy con mis lapiceros, con cada idea que se forma en mi cabeza cuando corto las cebollas o lavo los platos. El valor de la escritura es el espacio donde el mundo obedece a otras leyes, el orgullo de haber escrito una bonita oración, el temple que hace falta para escuchar las historias de los personajes y plasmarlas de la mejor manera posible. Ese mundo donde importa un bledo tener mil seguidores o mil likes o comentarios con 5 estrellas, porque la necesidad de escribir va más allá de que a la gente le guste lo que escribes.

Allí a veces me caigo, en esa red construida de opiniones ajenas que ayudan a que “tu producto” se venda. Pero yo no estoy vendiendo un producto, sino escribiendo un libro, dando a luz una vida de papel en un proceso íntimo, ensimismado y precioso.

Ese era mi sueño hace 20 años y hoy, 23 años después, puedo decir con alegría que mi sueño se ha hecho realidad. Y en el caminar, nunca me proclamé escritora. Ese título tan hermoso me lo dieron los lectores y estoy muy agradecida.

 

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La isla de la niña que está completa 17 de septiembre de 2015

Nubes Ticas

Hay días en que me siento una isla donde no hay palmeras, ni siquiera hay agua. Nada más un pedazo de tierra reseco que insiste en autoproclamarse isla, llamarse de alguna manera para no desaparecer en el olvido, para seguir siendo un puntito brillante en la conexión de alguien. Siempre he luchado por ser otra, por peinarme al medio y recortarme las chasquillas, ignorando que llevo una leona escondida adentro, con una melena salvaje en vez de espíritu; siempre intentando romper las anclas de los zapatos de tacón y la carterita a juego. ¿Por qué no me he permitido desplegar alas? No quiero entrar en el laberinto del machismo, pero me imagino que algo tendrá que ver el hecho de ser chilena y haber nacido poquito antes de la dictadura. De crecer en un pueblo pequeño donde todo lo que hacíamos, bueno o malo, se inflaba a grandes proporciones como un buen pastel. Donde la vez que me atreví a romper algo que parecía una regla implícita: besar a mi primer –o segundo, no recuerdo- novio en la piscina pública, a vista y paciencia de todos, terminó en una odisea de rumores y comentarios y de pronto la niña buena que yo había sido se convertía en la puta suelta de calzones baratos, ¡a apedrearla! ¿Y por qué dejé que aquello me afectara? Nunca más quise volver a ver al noviecito de nariz respingada. Es más, a partir de entonces, aun amando las narices perfiladas, me lancé a los brazos de cuanto narigón se apareció en mi camino. ¿Quién he sido? Me pregunto hoy y no me gusta mucho la respuesta. Tengo la intuición de que he sido la mejor versión de lo que mis padres querían que fuera. Y han querido que yo fuese la mejor y lo han hecho todo con amor –incluso desaparecer en mis momentos más difíciles, padre, eso va para ti-. También he sido lo que se supone que ha de ser una buena dueña de casa, una esposa ejemplar, la que trata de depilarse de vez en cuando, siendo que en realidad no quiere más que andar peluda y descalza por la vida. Así aprendí a guisar para el amor de mi vida –sí, tuve la suerte de encontrar ese ser maravilloso, extraordinario, que estaba reservado sólo para mí desde tiempos inmemoriales, una tarde de primavera en mi lejano país-. Él ama lo que cocino, incluso si lo cocino de mala gana. Así también me las ingenié para ser la mejor mamá de estos niñitos que Dios me regaló, sea como fuera que llegaran a mi vida, aquí estoy y aquí lucho por ellos. Negándome muchas veces la locura y la niña propia. Es cierto que tampoco he crecido y soy de las más inmaduras, pero he estado llevando un teatro más o menos coherente donde la gente cree que soy profesional, competente y que hablo bonito. Pero me he realizado. Sí, realizada con la maternidad, con los guisos para el marido–amante, los besos para los niños adoloridos. La realización estaba escondida en una cajita marcada con la etiqueta “vida doméstica”. Sigo tratando de ser buena hija, de cuidar de mi madre y tenerle paciencia a su personalidad virgo que nunca se decide. Y en aceptar que mi padre es un satélite a quién veo algunas veces, en noches claras sin luna, atravesando el firmamento de vida, con una cola larga que lleva en su velo los recuerdos de una infancia bonita, una adolescencia un tanto trabada y lo poco que él ha podido ver de una adulta plena. Porque eso sí, soy adulta y estoy plena, en mi isla, en mi terruño seco, plagada de grietas, con una bonita y redonda panza que no sirve para nada más que para acumular más cerveza. Pero con el gran deseo de dejar de pensar que soy obsesiva cuando escucho voces o veo imágenes o una mujer de cabello rojo y un gran tatuaje en el brazo derecho se me quedan clavados en la retina por semanas, hasta que se transforman en un personaje. En dejar de sentirme mal porque la gente me juzga de buenas a primeras. En seguir escribiendo así como lo hago, cuando quiero y dándole con toda el alma al tema que para mí es importante. Porque quiero ser esta mujer, que es una isla sin palmeras y sin agua. Y mamá al mismo tiempo, agotadísima y feliz porque significo más allá de mi propio ombligo. Habrá muchas escritoras, pero sólo una mamá que se llama Andrea, que es una isla seca y robusta, para mis niños. Lo mismo valga para el vikingo, mi gran amor, que con sabiduría sospechosamente ancestral me ha aceptado antes de que yo me aceptara a mí misma. Y seguiremos cociendo guisos y seguiremos hilando historias y vendando rodillas y besando las mejillas. Así seguiré, porque puedo ser esta y puedo ser todas, siempre y cuando yo me lo permita.

 

¿Por qué definirse por la diferencia? 8 de marzo de 2015

Filed under: De vida — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 2:42 PM

Y no por la identidad. Soy madre, soy esposa, soy cristiana y esta combinación de elecciones me hace feliz. Me aprieta el zapato izquierdo porque tengo un quiste en el dedo pequeño. Soy conservadora en muchos aspectos, me gusta que mi esposo me cuide y provea para mí. Y también me gusta crear personajes de mujeres, jóvenes y niñas fuertes, que busquen su propio camino.

Yo me busqué este camino, el de ser esposa, cocinar tres comidas diarias, lavar calzoncillos, colgar el título de periodista y cuidar de mi hogar. Yo elegí que mis horas libres las dedicaría a escribir y que haría lo posible porque mis historias fueran publicadas.

Cuando salgo a la calle (la real y la virtual), trato de no juzgar porque nadie conoce el fondo de la olla más que el cucharón que la revuelve. Por eso, no me opongo ni a la soltera ni a la casada, ni a la que trabaja fuera, ni a la que no quiere trabajar. Si todos cabemos, ¿por qué definirse por la diferencia?

Yo soy esto que tú ves, nada más. Pondré mucha atención en lo que digo y en lo que publico (sea en papel o sea en digital), me cuidaré de no definirme por lo que no soy y de mantenerme leal a mí misma y a las opciones de vida que he tomado.

¡Feliz día de la mujer!

 

Idioma y extrañamiento 16 de enero de 2013

Filed under: chilena en Texas,De vida,General — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 8:54 AM

En Estocolmo, Suecia

Ayer fui al correo, sola por primera vez. Tú me dirás, ¿qué tiene eso de especial? Y yo te responderé, entonces te darás cuenta de que algo tan trivial como ir al correo y enviar una carta puede ser un gran desafío cuando eres extranjero.

Necesitaba con urgencia enviar correspondencia a otra ciudad en Texas. K está de viaje y volverá en dos semanas. Tenía el documento en mis manos, lo revisaba de manera constante, lo recorría con mis dedos y me aproximaba a la puerta de salida. Cuando sentía el frío metálico de la manilla, paraba en seco. ¿Y si estaba en la ventanilla aquella señora que sólo habla inglés? La idea me inmovilizaba. Entonces dejaba la carta sobre la mesa, me alejaba de ella como si fuera un objeto encantado.

Cuando la gente – si es que la gente – piensa en mí, creo que ve a una mujer con una vida de aventuras, de paisajes exóticos, de innumerables anécdotas para compartir. Pero en realidad es una vida en que cada tarea es un esfuerzo; desde la más pequeña, como ir a la oficina de correos, hasta la más grande, visitar un banco.

En el momento en que dejé mi país, también dije adiós a mi lengua. No sólo me separé de mis personas amadas, sino también del idioma que conoce mi corazón.

No ha sido una sino varias veces en las que un dependiente que no habla español, me mira como diciéndome “¿eres estúpida?”  Por la simple razón de que en ese momento, ya sea por nerviosismo o cansancio, no logro dar con la palabra adecuada.

Éste será mi octavo año fuera de Chile y debo confesar que todavía hay ocasiones en que quisiera que todo el mundo fuera hispanoparlante; y yo no tuviera que sentir ese agudo dolor entre las cejas antes de dormir, porque he tenido que operar en un segundo idioma.

Al mismo tiempo, luego de ocho años aprendes a convivir con el agujero que la distancia va cavando en tu alma, muy lento, muy silencioso, pero terriblemente profundo.

En realidad deseo que tiremos anclas y podamos crecer algas. Que no debamos repetir el triste momento de despedirnos de nuestros amigos cuando la recalada llega a su fin. Que podamos decir “hoy almorzaré con Juanita” y que sea sin vislumbrar la despedida. Que llegue el instante en que ir al correo no sea un gran evento.

Porque ayer esta carta tenía que irse con urgencia al norte de Texas. K está de viaje. Y probablemente la señora que sólo habla inglés estaría en la ventanilla. Pero ya había aplazado durante cuatro días el envío de la correspondencia y no podía esperar más.

Recogí el papel, las llaves del auto, mi billetera, el teléfono móvil y antes de tocar la perilla, me puse guantes. Para evitar su frío metálico y el consecuente hechizo contra mi voluntad.

Me subí al auto y partí, tarareando “Si vas para Chile”…

 

Enferma 8 de noviembre de 2012

Filed under: chilena en Texas,De vida,General,Vida literaria — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 11:51 AM

Yo debo estar enferma porque de pronto todo lo que me parecía atractivo, me da lo mismo. Esas botas puntiagudas que tanto anhelaba, me parecen ahora zancos sin sentido. Las decoraciones navideñas, los pasillos colmados de muñecos de nieve, cascanueces y ángeles, me resultan desteñidos, rosados y verde nilo. Debo estar enferma porque el consumismo que movía mis motores de pronto ha dejado de impulsarme. Porque el entusiasmo de recibir un catálogo de productos nuevos ha levantado vuelo. Tal vez ha emigrado al sur, en compañía de los patitos que habitaban el lago de mi vecindario.

Debo estar enferma porque he perdido algo. He perdido la alegría de mirar vitrinas. De probarme vestidos. De calzarme sandalias.

Debo estar enferma porque al fin logré ahorrar cincuenta dólares y no sé en qué gastarlos.

Porque todo me parece vano, ahora. Y ni siquiera valoro el esfuerzo de haber reunido cincuenta dólares.

Entonces, claro, me enfermé de algo que contraje en Chile. Es muy posible que arriba de nuestras cabezas ocupadas con Facebook y Twitter, volara algún mosquito de mente amplia. Debe ser que me contagié de algo. Y espero que ese algo haya sido la mente amplia del mosquito.

Y espero que ya no me importen otra vez las liquidaciones antes y después del Día de Acción de Gracias. Que no recorte yo cupones de descuentos. Que no planifique salir de mi casa para visitar tres tiendas. Que sienta calidez al diseñar collares y armarlos yo misma, con estas mismas manos artríticas.

Ese mosquito de mente amplia tiene sangre chilena. Esa sangre que te dice, por sobre el “Dos por Uno” y el “Compre ahora y pague en Marzo”, que hay cosas que el dinero no paga. Que las amistades reales no se compran ni se venden. Que la familia es importante, unida o peleada, es familia igual. Que no hay hombres islas. Que somos todos parte de una cadena y que mis acciones siempre tendrá una consecuencia en el otro.

Este mosquito también estaba enfermo de tolerancia y de compasión. Este mosquito entendió que había gente a la que le dolían sus éxitos. Esto de ir por la vida libre, picando e infectando, a algunos no le gustaba. El mosquito entendió que el sudor de volar millones de kilómetros con alas diminutas y frágiles, no es de conocimiento popular. Que cada vez que vuela, se rasga y sangra y se agota y en gran medida muere, es una realidad que sólo lo más cercanos saben.

El mosquito que me contagió también es humilde y entiende que no le han regalado nada. Que todo se lo ha ganado a fuerza de trabajo duro, lagrimones y dolores de cuerpo.

Sí, estoy segura que me contagié de algo mientras estaba en Chile. Y que ese algo lo contrabandié a este lugar, mi nueva tierra que corre detrás de las ofertas y el dinero. El mosquito me pasó una suerte de inmunidad al deseo de cosas materiales y me ha hecho agradecer lo más valioso y recóndito. Hace tiempo ya un pequeño niño lo dijo muy bien y es probable que a ese niño también lo hubiera picado algo, como una serpiente…”Lo esencial es invisible a los ojos”.

Estoy desnuda y me siento libre. No porto etiquetas, ni prestadas ni autoimpuestas. Tengo una nueva enfermedad y me gusta. La estoy disfrutando. Escribo a pesar del dolor de nudillos. Escribo a pesar de tu dolor porque es mi manera de acarrear con el mío propio. No escribo para insultarte ni para que te sientas miserable. Ojalá este mismo mosquito te infecte porque te hará bien, como creo que me ha hecho a mí. El mosquito liberador.

Todavía tengo historias que contar y de a poco irán saliendo. Ahora que la necesidad de pasarme el tiempo libre mirando vitrinas finalmente me ha dejado.

Me enfermé y lo estoy disfrutando.

 

Estimado Señor ombligo: 23 de agosto de 2012

Filed under: De vida — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 10:38 AM
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Junto con saludarle, permítame decirle que usted no es lo más importante, que hay cosas más grandes. Ombligos, incluso. Fíjese, el de la ballena, ése si que es de proporciones. Mire, para que las cosas queden claras, usted no es lo primero ni lo último. De hecho, Rapa Nui a usted le gana y con solo pensar en esa isla pacífica usted debería cerrarse para siempre.

Se despide atentamente,

La que lo pasea gratis por el mundo.

 

Agosto productivo 21 de agosto de 2012

Algunas cosas pasaron durante agosto, que valen la pena compartir:

  • No me morí. Ni de frío chileno ni de calor texano.
  • Al parecer encontramos la solución temporal para mi artritis: guantes de boxeo. Cada noche debo dormir con un par de guantes para el síndrome del túnel carpiano… -¡hubiera preferido tener el tunel benedettiano!- que impide doblar los dedos. Y voila, mis manos están mucho mejor. Tanto es así que he logrado escribir 10 páginas nuevas de una historia sobre el bullying que sufrí cuando tenía once años.
  • La Revista de Libros de El Mercurio, Chile, se fijó en mi libro: Gracias a las gestiones de Juan Chapple e Ingrid Medel (www.axxiona.com), el crítico literario José Promis leyó mi novela y se tomó el tiempo de comentarla. Más abajo adjunto una copia de la misma. El señor Promis es un respetado crítico literario. Por eso, el tratar de “tontuela” a una de los personajes le queda de lo más bien a él. (Por lo demás, somos dos, la tontuela que escribió y la otra que quedó fijada para siempre en el papel). Sin embargo, es una buenísima crítica con muchos elogios a la pluma de esta servidora.
  • La Revista chilena de política y economía, Ercilla, también publicó una reseña sobre Rictus: El profesional de las letras Aníbal Ahumada fue quien leyó mis líneas. Se ve que tuvo que montarse en un ejército de elefantes para entrarle al texto, pero estoy agradecida porque es una excelente crítica. También agrego una copia al final de esta entrada.
  • Para terminar, estoy debatiendo entre tomar el calendario Maya para regir mi vida o seguir con el Gregoriano… Ya les avisaré.

Abrazos y felicidades a todos 🙂

La Revista Ercilla también publicó una reseña sobre Rictus.

José Promis, destacado crítico literario, reseñó Rictus durante agosto.