espejismo en Atacama

de la chilena extraviada

La isla de la niña que está completa 17 de septiembre de 2015

Nubes Ticas

Hay días en que me siento una isla donde no hay palmeras, ni siquiera hay agua. Nada más un pedazo de tierra reseco que insiste en autoproclamarse isla, llamarse de alguna manera para no desaparecer en el olvido, para seguir siendo un puntito brillante en la conexión de alguien. Siempre he luchado por ser otra, por peinarme al medio y recortarme las chasquillas, ignorando que llevo una leona escondida adentro, con una melena salvaje en vez de espíritu; siempre intentando romper las anclas de los zapatos de tacón y la carterita a juego. ¿Por qué no me he permitido desplegar alas? No quiero entrar en el laberinto del machismo, pero me imagino que algo tendrá que ver el hecho de ser chilena y haber nacido poquito antes de la dictadura. De crecer en un pueblo pequeño donde todo lo que hacíamos, bueno o malo, se inflaba a grandes proporciones como un buen pastel. Donde la vez que me atreví a romper algo que parecía una regla implícita: besar a mi primer –o segundo, no recuerdo- novio en la piscina pública, a vista y paciencia de todos, terminó en una odisea de rumores y comentarios y de pronto la niña buena que yo había sido se convertía en la puta suelta de calzones baratos, ¡a apedrearla! ¿Y por qué dejé que aquello me afectara? Nunca más quise volver a ver al noviecito de nariz respingada. Es más, a partir de entonces, aun amando las narices perfiladas, me lancé a los brazos de cuanto narigón se apareció en mi camino. ¿Quién he sido? Me pregunto hoy y no me gusta mucho la respuesta. Tengo la intuición de que he sido la mejor versión de lo que mis padres querían que fuera. Y han querido que yo fuese la mejor y lo han hecho todo con amor –incluso desaparecer en mis momentos más difíciles, padre, eso va para ti-. También he sido lo que se supone que ha de ser una buena dueña de casa, una esposa ejemplar, la que trata de depilarse de vez en cuando, siendo que en realidad no quiere más que andar peluda y descalza por la vida. Así aprendí a guisar para el amor de mi vida –sí, tuve la suerte de encontrar ese ser maravilloso, extraordinario, que estaba reservado sólo para mí desde tiempos inmemoriales, una tarde de primavera en mi lejano país-. Él ama lo que cocino, incluso si lo cocino de mala gana. Así también me las ingenié para ser la mejor mamá de estos niñitos que Dios me regaló, sea como fuera que llegaran a mi vida, aquí estoy y aquí lucho por ellos. Negándome muchas veces la locura y la niña propia. Es cierto que tampoco he crecido y soy de las más inmaduras, pero he estado llevando un teatro más o menos coherente donde la gente cree que soy profesional, competente y que hablo bonito. Pero me he realizado. Sí, realizada con la maternidad, con los guisos para el marido–amante, los besos para los niños adoloridos. La realización estaba escondida en una cajita marcada con la etiqueta “vida doméstica”. Sigo tratando de ser buena hija, de cuidar de mi madre y tenerle paciencia a su personalidad virgo que nunca se decide. Y en aceptar que mi padre es un satélite a quién veo algunas veces, en noches claras sin luna, atravesando el firmamento de vida, con una cola larga que lleva en su velo los recuerdos de una infancia bonita, una adolescencia un tanto trabada y lo poco que él ha podido ver de una adulta plena. Porque eso sí, soy adulta y estoy plena, en mi isla, en mi terruño seco, plagada de grietas, con una bonita y redonda panza que no sirve para nada más que para acumular más cerveza. Pero con el gran deseo de dejar de pensar que soy obsesiva cuando escucho voces o veo imágenes o una mujer de cabello rojo y un gran tatuaje en el brazo derecho se me quedan clavados en la retina por semanas, hasta que se transforman en un personaje. En dejar de sentirme mal porque la gente me juzga de buenas a primeras. En seguir escribiendo así como lo hago, cuando quiero y dándole con toda el alma al tema que para mí es importante. Porque quiero ser esta mujer, que es una isla sin palmeras y sin agua. Y mamá al mismo tiempo, agotadísima y feliz porque significo más allá de mi propio ombligo. Habrá muchas escritoras, pero sólo una mamá que se llama Andrea, que es una isla seca y robusta, para mis niños. Lo mismo valga para el vikingo, mi gran amor, que con sabiduría sospechosamente ancestral me ha aceptado antes de que yo me aceptara a mí misma. Y seguiremos cociendo guisos y seguiremos hilando historias y vendando rodillas y besando las mejillas. Así seguiré, porque puedo ser esta y puedo ser todas, siempre y cuando yo me lo permita.

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