espejismo en Atacama

de la chilena extraviada

Triunfo inesperado 30 de noviembre de 2013

Filed under: General — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 3:45 PM

ojos_013

Esa noche la Tragedia golpeó a su puerta. El anciano se levantó de su cómodo sofá reclinable para ir a abrir. Toda su casa está cubierta de alfombras, por lo que la Tragedia se aseguró de acercarlo al único espacio de piso duro, embaldosado, de la casa.

Allí, el anciano tropezó y la Tragedia sonrió, viendo que el primero de sus actos programados ocurría con precisión de relojes feroces.

El anciano no sabe cuánto tiempo estuvo tirado en aquel piso frío. Cuando logró levantarse, le dolía el rostro, se habían roto huesos. Alcanzó a moverse hasta la cocina, donde la Tragedia volvió a golpearle el cráneo para hacerlo caer sobre la mesa. La Tragedia volvió a sonreír.

Lo que Ésta no sabía, era que el anciano provenía de una larga estirpe de guerreros, acostumbrados a mirar a la muerte a los ojos. No estaba listo para rendirse y no se iría sin dar batalla. Volvió a despertar y buscó ayuda.

La Tragedia lo observó en gélido silencio, cuando el anciano se alejaba camino al hospital.

Pero como hay mecanismos inalcanzables para manos humanas, la labor de la Tragedia debía continuar. Con un movimiento de ojos se trasladó a la habitación, donde el anciano se reponía alegre, entre flores, globos y la barra de chocolate que el nieto menor le había enviado.

Al verlo rodeado de amor y de sus hijos, la Tragedia comprendió que el contendiente era más fuerte de lo esperado. Vio en sus ojos celeste claro, una antigua fuerza vikinga. Y en sus brazos firmes aunque viejos, la sangre granjera de Iowa. Supo que debía esperar, hasta que el anciano estuviera solo y bajara la guardia, para intentar llevárselo de nuevo.

Así, al cabo de dos horas de soledad, en una sala de hospital tibia, a la temperatura perfecta para ese cuerpo cansado, la Tragedia volvió a azotar. En esta ocasión, con toda la potencia que pudo reunir.

El anciando cayó por última vez. No se ha vuelto a levantar. Ha cerrado los ojos en un plácido dormir, a ratos parece que fuera a despertar. Pero es un sueño tan lejano y tan adentro que ninguno de nosotros podemos alcanzarle.

La Tragedia estuvo contenta, por algunos instantes; sin embargo, la alegría se le esfumó cuando se dio cuenta de que el anciano no estaba asustado, sino conforme. El anciano repasaba su vida desde esos ojos celeste claro, esa piel curtida por la granja de Iowa y los soles de Texas. Contaba a sus hijos, a sus nietos y comenzaba a saber que tendría muchos bisnietos. El anciano sonreía en un rostro sin señas, sonreía grande al ver que avanzaba por el paisaje verde de fiordos noruegos, camino a su gran amor. Ella le esperaba al otro lado de la Puerta, extendiéndole una mano. Ella le  explicaba que nosotros estaríamos tristes por algún tiempo, pero seguros de que ambos se habían reencontrado.

Ante tal soberana evidencia, la Tragedia no tuvo más remedio que recoger el paño sideral de sus designios y echó a andar, decepcionada.

Una vez más, el Amor le había ganado la partida.

Con todo, todo mi corazón, para un gran hombre, Jerry Amosson.
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