espejismo en Atacama

de la chilena extraviada

Paso por Santiago 6 de marzo de 2010

Filed under: De vida,General — Andrea Amosson, co-owner Angels and Bees @ 12:59 PM
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Esto sale sin editar.

Después de esperas en aeropuertos y horas de vuelo, mi avión aterriza en Santiago. Estoy tan cansada que me pongo la Flores de Bach en los ojos y me trago el colirio. El vuelo ha sido tranquilo. Sin embargo no sé lo que me espera. Venir a mi país en estas circunstancias duele bajo la mandíbula.

La primera información es que nos bajarán del avión en grupos, porque somos el tercer avión en espera de desembarcar. Me regreso, frustrada, a mi asiento, puesto que rápidamente había ido a pararme a la puerta para saltar a la calle y correr al hospital. No es posible.

Me vuelvo a mi asiento, a los ojos brillantes del gringo que viaja cerca -un periodista de CNN que se cree más famoso de lo que es -y que ya disfruta la gloria que estas crónicas de un país destrozado le traerán. Retorno a la cara bronceada de la mujer que venía junto a mí, la adolescente que ronda las cuatro décadas, quien me ha puesto al día de la vida en los cruceros. No como turista, sino como funcionaria. Y de cómo ha dado la vuelta al mundo y las fiestas y la piscina y el solarium y de cómo le desagrada esa línea aérea y el contratiempo en el aeropuerto y su departamento con vidrios rotos en el barrio alto de la capital y su…

Veo, entonces, que hay personas que no sólo ven la vida desde su ombligo; sino, más bien, todo lo que ocurre en su ombligo, es la vida.

Más atrás observo un par de”turistas del desastre”. Américanos con sobrepeso y europeas de pelo cortísimo, vienen a Chile, a mirar  ¿qué? me pregunto yo. Si no ayudas, no tomes fotos.

Rodeada de toda aquella fauna, está esa chilena, que entiende, ya no es 100% chilena.

Hasta que llega mi turno de subirme al bus. Trece grados, siento frío. Me he acostumbrado a los eternos 24° del valle central de Costa Rica. Ya estoy en el bus y busco en las caras de los demás, algunos indicios de sus razones para estar aquí. La mayoría de los chilenos están de vuelta, quedaron atrapados fuera de su patria justo antes o después del terremoto y ha esperado en distintos aeropuertos, a que el Merino Benítez se reabriera. La mayoría marca, frenética, las teclas del celular. Y vuelvo a oir esa palabra vieja y comodínica de los chilenos: “Huevón”.

El bus gira a la izquiera y la derecha. Miro al fondo la Cordillera. Alta. Nos dejan junto a la oficina de inmigración improvisada bajo una gran carpa. Hay una fila de personas, maletas, niños moquientos, esperando. Son más de cien personas. Pienso que recién dimensiono el desastre. Los perros entrenados buscan drogas, alimentos, entre los bultos y las miradas entusiastas de los más chiquitos.

Al cabo de dos horas de haber aterrizado, estoy lista para partir y comienzo mi día en Chile regateando el precio del taxi. En el camino, este hombre me dice que lo que ha ocurrido es horrendo, “pero hay que pararse no más poh”, añade como si no hubiera otra opción. “Estoy en Chile”, reflexiono, porque siento que el “huevón” y el “levantarse luego de la adversidad” son el resumen de nuestra idiosincrasia. 

Ya en la autopista urbana me recibe un desplazamiento de uno de los puentes. La vía tiene un socavón de unos diez centímetros. Pronto avanzamos junto al río Mapocho, que sigue café oscuro y turbio. Piedras y basura en algunas partes. Después los edificios altos, veinte, treinta pisos. Y están en pie. Entramos al túnel que atraviesa subterraneamente el río y hay un accidente. Todos los conductores han sido advertidos a través de pantallas electrónicas ubicadas a unos trescientos metros unas de otras. Emergemos en Providencia y el concierto de edificios, árboles, veredas, peatones y autos me sobrecoge. Me doy cuenta que, tal vez, antes Santiago fue una bestia. Ahora no es más que un lobo domesticado. Así, cuadra tras cuadra los edificios largos y orgullosos. No veo daños. Que los hay, pero son puntuales. Santiago está en pie.

Llego a mi apart hotel, desempaco y salgo corriendo al hospital, me rompo los pies por el calor del pavimento – ya hay 30°-. Subo y bajo escaleras, de metro, de urgencias, de Cuidados Intensivos. Pero llego. Y comienza la súplica para que me dejen verlo. Sigo sin entender la esencia enfermeril. Luego de dos horas y media de esperas y reiteradas peticiones, al fin me dejan pasar.

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3 Responses to “Paso por Santiago”

  1. javier ruiz Says:

    No lo edites, así es impresionante.

  2. Tatiana Rojas Maluenda Says:

    Impresionante, sencillamente un orgullo leer y leer lo que has desarrollado gracias al Don que Dios te regalo, emocionada y feliz , sin querer llego a mis manos , estoy avida de seguir leyendo, me fascina leer y mas aún si lo escribes tu bendiciones tqm

  3. espejuelo Says:

    Gracias. Es que he estado un poco bajo tierra, pero ya es tiempo de salir a la luz y asumir los talentos que Dios nos regaló. Porque, ya sabemos, en algún momento tendré que rendirle cuentas… 😉


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