espejismo en Atacama

de la chilena extraviada

¿Qué es Costa Rica? Agosto 12, 2009

Archivado en: De vida, pingüina en Costa Rica — espejuelo @ 3:12 am

Es español, es soñar en español.

Es amanecer de nubes diluyendo el horizonte.

Es lluvia furiosa, castigadora; de pronto dulce, fina caricia.

Es el verde limón, claro, piedra, café, plomizo, turquesa…

Es la cuerda de una mujer guitarra. Aquí soy melodía.

Es cabello/caballo indómito, las hebras de mi pelo bailando la música del viento.

Es despertar cuando así lo quiere el sol.

Es la lagartija diminuta que se coló por mi ventana.

Es la gente diciendo “pura vida” en vez de “hola”, “adiós” o “buenos días”.

Es llevar a I al bosque de infantes. Es dejarlo jugar allí, rodeado de hadas, caperucitas, ningún lobo.

Es ver a K sonreír, los ojos celestes, ahora verdes, ahora calipso.

Es el alma sin vestiduras, latina,

Al fin.

 

Corazón remendado Julio 14, 2009

Archivado en: Belgrado, De vida, General, chilena en belgrado — espejuelo @ 11:28 am

Me falta hilo, me he parchado el corazón una y mil veces en tres días. Cada vez que digo adiós, que me despido, se me escapa el alma y se me desarma el corazón. No se puede vivir sin amar, aunque duela.

Sigue mi despedida de Belgrado, la capital de la Ex-Yugoslavia, la capital de Serbia.

 

Despidiéndose de Belgrado Julio 9, 2009

Archivado en: Belgrado, De vida, chilena en belgrado — espejuelo @ 8:38 pm

No hay mal que dure cien años ni tonto que lo resista. Nos vamos de Belgrado. Y no me voy sin antes confesar que lo que pensé era un mal y que iba a durar una centena, fue, en realidad, una de mis mejores experiencias.

Encontré en este país, que es más tranquilo que las aguas del Mediterráneo, nuevos y excelentes amigos. La mayoría de ellos son serbios y montenegrinos, además de una peruana (¿quién dijo que esta amistad no se puede?, a quemar los libros de historia), más una australiana, una suiza, una italiana, una gringa.

Uno de los mayores descubrimientos que hice al llegar a Serbia es su nivel de seguridad. Digamos, no existe un solo lugar en este país donde no puedas caminar tranquilo a cualquier hora del día o de la noche. El crimen callejero es casi inexistente. Sí, la gente es un poquito gruñona, pero una vez que aprendes a filtrar los malos humores, te das cuentas que nadie molesta a nadie y existe, por norma general, un respeto generalizado.

Mi imagen de los serbios era esta horda de bárbaros matando a diestra y siniestra. A la fecha he comprobado que esa imagen no tiene nada que ver con la realidad y que hay más matones en mi Chile lindo que aquí.

Es cierto que es un país muy castigado y que la gente, además, se castiga sola. Pero más allá de eso, me he encariñado con el rezongueo y las manera bruscas (alguien sugirió el síndrome Estocolmo jaja).

Aquí las mujeres, que miden promedio de 1,70 cms. y pesan unos 45 kilos, se emperifollan con bombo y platillo para ir a comprar el pan. De verdad, parece que van o vienen de una fiesta de gala o un desfile de modas. Y, sin embargo, no se escucha ningún silbido, ningún piropo. Ya decía yo, en otra columna, que en Chile hasta la menos agraciada se lleva algún halago, incluido aquel de “feíta pero simpática”. Por eso, aunque la chilena quiera echarse una manito de gato, no se atreve. Aquí se puede.

Hace tres años mi amiga Carolita me preguntó cómo eran los hombres serbios. Sólo supe decirle que andaban todos por el metro ochenta. Ella quería más detalles. Una foto la hubiera ayudado, ahora lo sé; así como a mi hermana, que pensaba que Serbia era un lugar sombrío y sin jóvenes.

Hay un eslabón perdido entre las féminas de veinte y las de sesenta que no encontré, entre estas mujeres altas y bien vestidas que terminan envueltas en trapos negros, calcetines de lana y pañuelos en la cabeza. Entre los chicos de cejas depiladas y el anciano de paletó que juega ajedrez en el parque, al atardecer. Pero ya no hay tiempo para la búsqueda. Nos vamos a Costa Rica a iniciar otra vida, que ya va siendo mi cuarta, me quedan tres.

Es la vuelta a Latinoamérica, el viaje a la semilla, a nacer en español.

Me llevo de aquí grandes recuerdos de gente dispuesta a entregarme su corazón, mi padrino y los Ninković, Nada, Marina, los Milojević, Ana, Sonja, la Dra. Mitrović y la Dra. Bojana, Carmen, Irma, Stanislava, Dragica, Vesna, Rosita, Bethany, Mel, Isabella, Silvia, Sybille… No quiero dejar a nadie afuera (reitero aquello de que sufro Alzheimer genético)… Pero son tantos quienes han tocado mi vida, tantos serbios y montenegrinos, que tengo una tristeza instalada entre los hombros porque sé que aquí, que yo sepa, ya no vuelvo.

Ya le decía a K que la pena de irme de Chile no era igual porque sabría que regresaría (como Drácula necesita su Transilvania, yo necesito mi Atacama); sin embargo, dejar a mis amigos aquí es dejarles mis cabellos, el dedo meñique, la pupila izquierda.

Les estaré siempre agradecida, incluso por los ratos en que no les toleré, porque me enseñaron a ser humilde, a respetar otras culturas y ser menos ignorante.

¡¡Viva la chilena (menos provinciana)!!

Y aquí, fotos, porque me entró la fiebre por capturarlo todo, llevármelo aunque sea así, fragmentado.

 

Condoros I: Dos muecas Mayo 18, 2009

Archivado en: General — espejuelo @ 6:11 pm

A ver cómo te lo cuento.

Busca en tu memoria aquella persona de la universidad que tú, sin saber porqué, no lograbas hacer sonreír. Raro, porque contigo todos se ríen, sea por alegría, incomodidad o burla, pero se ríen. Pues bien, ya encontraste a tu persona.

Pues ahora imagina que estás tratando de simpatizar con ella, porque en el fondo tú necesitas caerle bien a todo el mundo, no te gusta tener enemigos y quisiste cavar un agujero y esconderte allí cada vez que llegabas a un grupo en el que de pronto todos se callaban porque, sí, era eso, estaban hablando de ti.  Pues bien, a esta persona le has visto una fotografía, la tiene en la mano y se la muestra a su mejor amiga. Entonces tú dices “pues venga que buena excusa” y le entras:

- ¡Hola!, ¿y esa foto?

- SSSSS -  no te responde pero te la entrega para que le eches una mirada de exactos dos coma tres segundos.

- ¿Y esto?, ¡ah! ¡qué joven estás! – intentas tú ganártela con la declaración de guerra a las arrugas.

- SSSSS -

- ¿Qué es?, ¡ya sé!, ¡es una fiesta de disfraces!, ¿de qué te disfrazaste?

- Es mi fiesta de graduación – te responde en seco, te quita la foto y se va. La amiga detrás. Las dos mueven el pelo de manera coordinada, primero a la derecha toda la mata de pelo, luego a la izquierda. Levantan polvo cuando se van.

Desde ese momento, a la no sonrisa que le aparecía en el rostro al verte, se le suma una mueca de rabia. La amiga la ayuda. Dos muecas.

 

Desahogo I Mayo 12, 2009

Archivado en: General — espejuelo @ 7:06 pm

Las frases más hue_ _nas (no lo digo porque mi mamita lee mi blog y me da pudor porque tengo cinco años :- ) que he escuchado:

- “Ojalá que no te enfermes más…”, NN, chilena, ex-jefa, cuando le pasé mi licencia médica con tres días de reposo por una gastroenteritis que casi me cambió el color de ojos.

- “Miro pornografía para aprender…”, NN, chileno, cuando le pregunté porqué tenía un cajón lleno de revistas con chiquillas livianitas de ropa.

- “Los chilenos no tienen cultura ni cocina propia ni nada…”, NN, argentina (era qué no, ¿ah?), al tratar de darle a una tercera persona la receta de los porotos con riendas (en todo caso, creo que la salvó porque yo ni idea de cómo se preparan los famosos porotos).

- “Tú deberías enseñarle inglés a tu hijo…”, NN, serbia, al escucharme decir “el jardinero está podando el césped” en vez de “the man in cutting the grass”, que pasto y césped y cortar y podar y hombre y jardinero no son la misma cosa ¡pues! Y el chileno y el español tampoco, dicho sea de paso…

Porotosconriendas

Aquí, una foto de los porotos con riendas, que no son alucinación… Más sonrisas y menos protocolo.

 

La perseguidora Mayo 11, 2009

Archivado en: De vida — espejuelo @ 7:09 pm

SAXOFON¿Qué haces en diez minutos?

Alcanzas a encender tu computador, pero no lees nada. Te acuerdas del divertimento aquel de comerte las cabezas de los fósforos, a escondidas de tu abuela, en el pasillo oscuro. De ver a tus tías pasar junto a ti sin darse cuenta que estás sentada en el suelo de madera y polillas, comiéndote los cerillos.

¿En diez minutos? Conocí un tipo que decía hacer el amor en diez minutos, ¡qué insulto!

Puedes abrir el refrigerador, sacar la leche, vaciarla en la taza, abrir la puerta del microondas, apretar el botón de un minuto y comprobar que el minuto son, en realidad, tres porque has pensado que te daba tiempo de ir a tu computador;  y estás intentando escribir algo cuerdo cuando entra tu media naranja a preguntarte qué haces aquí en el computador y le dices que escribes sobre él, pero que es algo bueno y no esas cartas de amenazas que solías enviarle. Entonces se mete el dedo en la nariz y te pregunta, ¿en serio? y te ríes y tratas de volver a esa leche a medio camino y a ese pan que querías calentar en tu mente y rellenarlo y otra vez el rubio te interrumpe y te pregunta si el niño, el angelito que Dios les ha dado no se tomó la leche y lo miras con rabia, entonces se va y te vuelves al pan con aceitunas y al tipo que decía que el amor le tomaba diez minutos y de ese computador tuyo que antes era tu confidente y ahora se ha vuelto un amante viejo y cansado al que no te dan ganas de correr, y tus letras andan errantes por ahí, entre el microondas y la leche del niño, ese ángel que Dios te dio y tratas de pensar qué hacer en los diez minutos que te quedan libres al día, pero ya es tarde, sí, se ha ido el sol – sol “pati” – y escuchas otra vez a ese tirano de manitas cortas y te das cuentas que la has perdido, has perdido esa batalla contra el tiempo y el elixir de la eterna juventud y que cuando él se duerme tú te vuelves al mundo de adultos que abren puertas cuando quieres escribir, cuando quieres congelar ese minuto y alargarlo hasta un viaje a Jupiter y de vuelta.

Y ya está, se te han ido los diez minutos.

 

las trillizas de Belleville Abril 19, 2009

Archivado en: De vida, General — espejuelo @ 6:45 pm

bellevillePasé cinco o seis semanas, no estoy segura, en Belleville. No lo sé bien esto del tiempo, porque desde que soy madre que la memoria no va más allá de 24 horas. MEMENTO. Con mi hijo he recuperado el ser niño, despreocupado, adiós para siempre al reloj. Ahora el cuerpo manda. Cuando hay hambre, cuando hay sueño, cuando hay energía.

 Mi hijo es el mejor antídoto para aquel villano pequeño de manitas cortas.

Pasé cinco o seis semanas, no estoy segura, en Belleville. Me crucé con cuerpos descomunales, me pregunté a qué se debe tanto exceso, comí pan azucarado cuya etiqueta juraba “Sugar free”, salsa de tomates y porotos dulces. Y papas. ¿Ya dije pan?

De caminar nada. Todo está lejos, Belleville es un enorme rancho con hombres de sombrero amplio y botas pintiagudas. La gente es querendona y risueña. Viven bien pero comen mal.

Tampoco pretendo volverme crítica culinaria, a mí la dieta de Belleville me resultó en siete kilos menos. ¿O será, otra vez, mi hijo? Mi vieja rodilla reparada con tornillos de tintanio funciona como nueva durante el día. Es en la noche en que se acuerda que tiene 35 años.

Mente aniñada en cuerpo otoñabundo (¡gracias don Pablo!).

Ahora tengo dos jefes. Uno grande y el otro pequeño. A veces son tiranos. En Belleville las cosas anduvieron tensas, gracias a Dios no habían relojes en las paredes de mi cabeza. ¿Estaríamos todos elevados en azúcar? Sin duda no endulzó lo que debía.

Belleville… es posible que Belleville sea mi próximo hogar.

 

Chilena en Spa III Febrero 6, 2009

Archivado en: De vida, chilena en belgrado, fixiones — espejuelo @ 2:42 pm

Del otro lado.

Ese día salió el sol y ella se preparó con el ritual largo, como le gustaba hacer al menos una vez por semana, para salir. Era un día para peinarse muy lento, anotar el largo del cabello, contar las pestañas, calcular el peso de su alma. Al cabo de media hora estaba lista, se puso la chaqueta gris y bajó rápido las escaleras, como si de pronto recordara que aún era la mitad del invierno y ese sol que había aparecido a saludar pudiera escaparse. Bajó la cuesta de siempre pero esta vez contenta. Iba a aprovechar el regalo de su maravilloso K, cuatro horas en un centro de relajación. Pensó en los tratamientos de belleza, en los masajes, en la hidroterapia, en la mente en blanco. En cómo dejar la mente en blanco. Tomó un taxi tres cuadras más abajo y se dejó llevar por el tráfico loco de Belgrado que, en ese día, con ese sol, no la tocaba.
Ya en el spa la invitaron a ponerse su traje de baño y meterse a la piscina multicolores que ellos llamaban hidroterapia. Al contacto con el agua, sintió como se le diluían las ideas, mientras el cuerpo acuático renacía. Se sintió flotar, recordó el mar frente a su casa, allá lejos, al otro lado del océano y quiso estar allí. A ojos cerrados recorrió esos miles de kilómetros que la separan, cada día, de lo familiar. Hasta que llegó a esa zona en que no había nada, ni olas, ni sonidos, ni burbujas, ni spa, ni Belgrado. Entonces oyó un murmullo que venía de muy adentro y no lo combatió, lo dejó crecer, expandirse, licuarse entre sus dedos, salirse por las uñas. ¿Qué era eso? Una canción. K le había dicho, minutos, horas atrás, “olvídate de todo”. Una canción. ¿Incluso de ti, K? Una canción. ¿Y de los buenos modales? Una canción. ¿Y de las sesenta y ocho pestañas que tengo hoy? Una canción, líquida, ondulada. De pronto áspera, total.
De vuelta a esta otra orilla, al ruido de Belgrado, a la realidad elegida, a los gritos en idiomas desconocidos. Una canción, la canción de la ciudad.

 

Chilena en Spa II Febrero 5, 2009

Archivado en: Belgrado, chilena en belgrado — espejuelo @ 8:17 pm

De este lado.

K pensó que sólo habrían mujeres. Eran todas mujeres excepto Marko, el serbio veinteañero que se gana la vida masajeando glúteos. Y yo, qué provinciana. Me da vergüenza y no sé qué decirle cuando me dice que me dé vuelta, como quien se gira en la parrilla para que la miren, si está dorada la carne o no. Me doy la vuelta para el otro lado y él empieza su labor, de lijarme con líquido exfoliante. K no sabía, pensó que habían sólo mujeres. Entonces Marko con sus dedos por aquí y por allá y yo me concentro en ver si me entra algo, algún calor, alguna incomodidad. Y no pasa nada, en realidad. Entonces me doy cuenta que soy una ameba, me vuelvo ameba durante veinticinco minutos, los justos minutos en que el veinteañero en cuestión termina de rasparme con la crema granulosa que llama “píling”.

La ameba está sobre su estómago, luego sobre su espalda. La ameba está con los ojos cerrados y huele que el “píling” es de naranja. La ameba piensa que es su madre la que le hace cosquillas entre los dedos. La ameba, de pronto, se da cuenta que no hace nada de lo que cree que hace porque es ameba y sólo le basta con respirar, que para hacer otra cosa dejaría de ser ameba. Y quiere ser ameba. Y flotar así como flotan las amebas, que andan porque chocan, porque no caminan, sólo flotan. Eso quiere, nada más.

Está listo, me dice el veinteañero. No sé cuál es la medida justa para decir que ya no tengo células de sobra y que el lijado ha sido exacto. Entonces me enrolla con plástico y pienso en las salchichas que enrollo yo con plástico y que meto al refrigerador para que duren más, una semana más. ¿Me he ganado una década? Entre inglés y serbio y español me dice que cierre los ojos, que ya vendrá otra, mujer, sí, a masajearme con aceite, no con piedra.

La ameba se duerme. No, no puede, porque es ameba.

La ameba ES.

 

Chilena en Spa I Febrero 5, 2009

Archivado en: Belgrado, chilena en belgrado — espejuelo @ 8:06 pm

De este lado.

Soy un pulpo. Estoy a punto de derramar la tinta, porque me apalean, me apalean como a pulpo duro. La masajista piensa que tengo problemas entre los hombros. Creo que el problema está más arriba, entre las orejas. Pero ella cree que las orejas están relajadas. Claro, no escuchan nada. Mientras el dolor se concentra en los palos que me da entre los hombros y el omoplato que siempre me ha parecido a ornitorrinco (que pienso se escribe con H ahora), suena como si se hubiera soltado.

Soy un pulpo no capturado, sino que ha venido por propia iniciativa, más o menos. Por regalo de navidad de K, maravilloso, para que me tranquilice antes de emprender el gran viaje. K no sabe que aquí, en este spa del centro histórico de Belgrado, hay una marisquería y que soy un pulpo duro y me matan. Y quiero soltar la tinta.

Necesito un masaje para relajarme de este masaje.